martes, 20 de julio de 2010

LA VERDADERA GENEROSIDAD (a mi entender)

Es un hecho bastante común hacer depender nuestro propio bienestar emocional del de los demás y eso es así porque está muy extendida la creencia de que solamente si somos generosos con los demás, podremos llegar a ser felices. Esta creencia, además, nos conduce a menudo a sentirnos culpables si sospechamos que no hemos sido suficientemente generosos con alguien en una ocasión determinada.

Hemos mamado estas enseñanzas desde que éramos pequeños, y por eso nos hemos esforzado, noche y día a lo largo de los años, por ser generosos y altruistas, esperando, naturalmente, la correspondiente recompensa en forma de sentimientos de bienestar y de felicidad. Sin embargo, lo que sabemos por experiencia es que después de cada acto de generosidad no siempre se produce el ansiado bienestar. Hay veces que estamos hartos de ser generosos porque no somos correspondidos de igual manera, y otras veces estamos hartos porque no vemos nada claro que hayamos de ser generosos en algunos casos o con determinadas personas.

Se ha dicho siempre que las madres deben ser abnegadas. O, dicho de otra manera, se considera generalmente que un atributo de la maternidad que se precie es la abnegación. La historia y la historia de la literatura están llenas de mujeres abnegadas con sus hijos, con sus esposos y con sus padres, porque es el prototipo que nuestra cultura ha querido difundir para garantizar la supervivencia del grupo. Así es que, cuando oíamos decir a nuestra madre que teníamos que ser generosos, veíamos claramente que el modelo a seguir para conseguir esa meta era nuestra propia madre. Por eso podemos recordar cómo nos decían aquello de “tienes que ser bueno”, “no has de ser egoísta”, “has de mirar por los demás”, etc. Naturalmente, la retribución al cambio sólo podía ser un sentimiento de felicidad claro, y sin embargo no era así muchas veces, porque lo que sentías era rabia y enfado. Y ella intentaba calmarte halagando tus oídos con frases como “tú eres muy buena persona”, “tú lo puedes entender”, “esto es lo que espero de ti”. Así era en muchos casos la relación con la madre cuando yo era pequeño, pero incluyo también la relación con el padre porque, en general, estaba cortada por el mismo patrón en aquellos casos en que el padre no era el típico ogro malhumorado o el tradicional padre ausente del hogar excepto para proveer de medios dinerarios a la familia.

Con ese patrón de abnegación y desprendimiento, hemos ido creciendo y conviviendo más o menos bien, pero sin librarnos del todo de los episodios de enfado que en muchos casos sucedían a los actos de generosidad más o menos voluntaria. ¿Y por qué pasaba esto? Pues porque, para mí, en estos casos no se trataba de una verdadera generosidad, sino de una conducta para contentar a los padres o para conseguir que los destinatarios de nuestros actos estuvieran bien. Y eso a costa de no plantearnos a nosotros mismos cuestiones que considero fundamentales para sentirnos bien.

Mi opinión sobre este particular es que cuando seguíamos, de niños, los dictados de nuestros padres tal como los he descrito, lo que hacíamos era complacerlos, sin más, prescindiendo de cuál pudiera ser la necesidad nuestra que teníamos que atender para llegar a encontrarnos bien. Y si lo seguimos haciendo, ya de adultos, con nuestra pareja, con los padres, con los amigos, etc., seguimos complaciendo igual que cuando éramos niños.

Por otra parte, no hay que pasar por alto otro detalle y es que si complacer es someter nuestra posibilidad de ser felices por nosotros mismos a cómo se sientan los demás, también es cierto que complacer es también una forma de manipulación por nuestra parte, o sea, una instrumentalización que hacemos de los demás porque los usamos para podernos sentir bien, aunque sea inconscientemente y con actos de aparente generosidad. ¿Pero cómo podemos dejar de complacer, y de manipular a los demás para que nos hagan sentirnos felices?

A mi entender, la respuesta es: siendo auténticos. Estoy convencido de que el mejor servicio que nos podemos hacer a nosotros mismos y a los otros es ser auténticos.

Cada uno es como es. Somos individuos únicos e irrepetibles. Tenemos derecho a esa individualidad, a ser como somos y a que todo el mundo respete esa individualidad. Esa es la clave. ¿Y qué nos ha pasado a lo largo de la vida? Que no se nos han reconocido o respetado del todo esos derechos. A nuestros educadores, les daban miedo nuestra peculiaridad, nuestras diferencias. Por todos los medios, intentaban reducirnos a un común denominador, esto es, al patrón estándar, a lo que se entendía que era correcto y adecuado pedagógicamente. Y este factor, por sí mismo, ya ha sido capaz de crearnos muchos conflictos emocionales que han pervivido hasta nuestra vida adulta. Si no es así, ¿cómo es que hay tantas personas con problemas de autoestima? ¿Quién les hizo sentir –aunque fuera involuntariamente- que no eran buenas personas porque eran rebeldes, poco dóciles o que tenían conductas divergentes?

Ahora bien, tengo que añadir a todo lo anterior que ser auténtico no quiere decir en ningún caso no respetar a los demás ni no ser generosos. En cuanto a lo primero, creo que ser auténtico, como quiera que se trata de ejercer el derecho a serlo, te enseña y te lleva directamente a respetar el mismo derecho en todas las personas. Y en cuanto a lo segundo, estoy convencido de que la verdadera generosidad surge espontáneamente, de manera natural, del fondo del corazón de todo ser humano cuando se disfruta de bienestar emocional, cuando uno está bien situado emocionalmente, circunstancia que sólo puede darse si uno se tiene cuenta a sí mismo y se respeta a sí mismo haciendo que los demás le respeten a uno como es.

Está claro que no podemos dar lo que no tenemos y que, en cambio, podemos dar lo que tenemos, solamente lo que tenemos. Por eso, entiendo que podemos ser generosos y dar lo mejor de nosotros mismos a los demás si conseguimos ser nosotros mismos y si tenemos en cuenta nuestras necesidades emocionales; pero no seremos generosos auténticamente y no obtendremos el deseado bienestar emocional si nuestros actos de generosidad se basan en seguir los dictados del deber o en complacer.

Somos personas, individuos humanos, y tenemos derecho a ser felices. Y para conseguirlo, hemos de seguir dos vías en paralelo: una, teniéndonos en cuenta a nosotros mismos (recuperando la parte de autoestima que hemos ido perdiendo con la educación que hemos recibido) y la otra, teniendo en cuenta a los otros, respetándolos. Si bien, hace falta insistir en que lo primero de todo, para poder estar bien situados emocionalmente, es conectar con nuestras necesidades emocionales individuales y darles prioridad por delante y por encima de las necesidades de los demás (naturalmente, me refiero a la relación entre adultos, no con los niños). Y eso no quita que, desde nuestro bienestar básico, podamos dedicarnos todo lo que deseemos a ayudar a los demás sinceramente, pues en eso consiste para mí, precisamente, la verdadera generosidad, la que surge de un corazón que vive emocionalmente en paz.

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