Cuando las circunstancias negativas de la vida nos golpean con fuerza, lo que solemos hacer, sin darnos cuenta, es plegarnos a esa fuerza, someternos, inclinarnos ante su dominio. Sin embargo, a partir del momento en que nos doblegamos, puede empezar para nosotros un verdadero vía crucis del que, curiosamente, somos los únicos o muy principales responsables.
Por el simple hecho de pensar repetidamente que todo está siendo muy duro, que no vamos a poder con los que se nos ha echado encima, sólo con eso, habremos comenzado a construir un tejido sutil de negatividad en nuestra vida que, con toda seguridad, nos va a procurar más males y desmanes en el futuro.
Según como sea de profundo el mal momento por el que pasemos, dependerá, obviamente, que nos podamos dar cuenta antes o después de ese hecho, pero lo cierto es que, para salir del pozo, en algún momento vamos a necesitar ser conscientes de ello y será entonces cuando diremos algo así como: “ya está bien”, “no puedo seguir así”, “esto tiene que acabarse”, etc.
Pagamos un precio enorme en nuestras vidas por quedarnos lamentándonos de nuestra mala suerte y sintiéndonos desgraciados cuando las cosas no nos van bien. Es precioso el tiempo que perdemos en esos momentos. Sin embargo, podemos tener una actitud diferente ante las malas rachas. De hecho, ¿quién es el que no conoce alguna persona que afronta la vida desde una actitud sin lamentaciones? No se trata de haber leído mucho o de haber estudiado mucho. No. Hay personas iletradas que tienen ese don. Frente a las dificultades, se alzan imponentemente y gobiernan sus vidas con mano firme, sin dejarse arrastrar por los acontecimientos. Pues bien, yo estoy convencido de que esas personas no son diferentes de nosotros, sencillamente porque todos los seres humanos somos substancialmente iguales. Y eso quiere decir que si no tenemos esa cualidad en este momento de nuestras vidas, la podemos alcanzar, y creo que con muy poco esfuerzo.
¿Por qué hemos de ceder el poder sobre nosotros a los que no nos tratan como no queremos ser tratados? ¿Por qué cedemos ese poder también a las circunstancias y avatares de la vida que son negativas para nosotros? Seguramente, hemos aprendido a reaccionar así: sometiéndonos, doblegándonos, resignándonos. Pero eso podemos cambiarlo si cambiamos nuestras actitudes. Simplemente con eso, podemos volver a ser los dueños únicos de nuestras vidas.
Por muy graves que sean las condiciones por las que pasemos en un momento determinado, siempre podremos elegir entre desesperarnos y deprimirnos, o rebelarnos y decidir tomar el mando en la situación que sea. Lo que ocurre comúnmente es que no somos suficientemente conscientes de lo que sentimos en muchos momentos. Nos sentimos superados por los acontecimientos y eso nos produce miedo, cuando no pavor. Pero también podemos sentir una enorme tristeza y pasar a auto compadecernos sin detectar que por ese camino sólo vamos a ir hacia el bloqueo emocional. Por esa razón es tan importante abrir los ojos, darse cuenta de lo que está pasando y ”poner encima de la mesa” todos los asuntos que van mal. Y a continuación concederse un tiempo para comprobar qué sentimos, qué emoción está predominando en nuestro interior.
Si tu madre ha muerto, por ejemplo, tienes todo el derecho del mundo y es perfectamente natural que sientas el dolor de su pérdida, pero ese sentimiento habrá de tener una duración adecuada, y una intensidad adecuada. No puede desarbolar tu vida, porque hay que pasar del dolor al agradecimiento, por ejemplo; al agradecimiento a tu madre por todo lo que de bueno te dio en vida. Y eso es lo que hay que ver y lo que hay que hacer: detectar qué sentimos en cada situación y tomar la decisión de no “poner en el mismo capazo” todas las emociones que nos vayan provocando los acontecimientos.
Excepto en las situaciones muy graves (una enfermedad en estado terminal, por ejemplo), no hay nada que sea insuperable emocionalmente ni que no podamos resolver dedicándole el tiempo, la atención y la reflexión necesarios. Es más, creo que tenemos que hacerlo y que no debemos dejarnos arrastrar por los sucesos que se vayan presentando. Por esa razón, he venido refiriéndome repetidamente a diversas maneras de conectar con la positividad y, por el contrario, a que hemos de tener muy presente que las quejas, las críticas y las lamentaciones (hacia los demás o hacia nosotros mismos) no conducen al bienestar emocional ni a la felicidad.
En última instancia, esta forma de actuar, cambiando nuestras actitudes, lo que nos reporta es mucha mayor energía para vivir con plenitud nuestra vida. Es aquello del pez que se muerde la cola. Si estoy bien presente dentro de mí mismo, podré decidir qué es lo que me conviene y eso me dará más energía para poder hacer frente a lo que se vaya presentando, porque la felicidad y el bienestar, en realidad, son un asunto de energía, un asunto de estar bien conectado o no con la energía que constituye nuestro universo. Y al revés, si las emociones me dominan y no logro conectar conmigo mismo en profundidad, me sentiré sin fuerzas y no podré hacer frente a lo que surja, circunstancia que me conducirá a un mayor desconsuelo.
Nosotros podemos decir: Yo tomo el mando de mi vida y voy a resolver estos asuntos a mi manera, como a mí me parezca mejor. No hay mal que cien años dure y voy a hacer frente a la situación y a resolverla. Y no me voy a esconder detrás de nada ni de nadie, ni siquiera detrás de mis autolamentaciones. Y ya veréis como eso funciona y cómo os sentiréis más fuertes y más potentes, llenos de energía y satisfechos de vosotros mismos (la autoestima -por cierto).
Es tracta d'un espai comú, de naturalesa virtual, on cadascun dels lectors/participants pot reflexionar davant dels altres, des de la seva experiència personal, sobre com podem anar cap al benestar emocional i cap a la felicitat / Se trata de un espacio común, de naturaleza virtual, en donde cada uno de los lectores/participantes puede reflexionar ante los demás, desde su experiencia personal, sobre cómo podemos ir hacia el bienestar emocional y hacia la felicidad
viernes, 21 de mayo de 2010
sábado, 15 de mayo de 2010
LA FEMINIDAD Y LA MASCULINIDAD
lA PRIMERA TERAPEUTA QUE TUVE NOS DIJO UNA VEZ QUE LA MUJER ES 2/3 EMOCIONALIDAD Y 1/3 RACIONALIDAD, Y QUE LOS HOMBRES SOMOS 2/3 RACIONALIDAD Y 1/3 EMOCIONALIDAD. YO ME QUEDÉ PENSATIVO, COMO DUDANDO DE ELLO Y AÚN NO SÉ QUÈ PENSAR, AUNQUE COMPRENDO QUE ESTABA GENERALIZANDO. HOY REPRODUZCO UNOS COMENTARIOS SOBRE ESTOS TEMAS QUE HE HALLADO EN "EL BLOG ALTERNATIVO" Y CREO QUE VALDRÍA LA PENA QUE LOS COMENTÁRAMOS, ¿NO OS PARECE? A MI MODO DE VER, ESE VACÍO QUE TENDRÍAMOS LOS HOMBRES -SEGÚN ÉL-, TIENE QUE VER CON NO HABER RESUELTO BIEN EL ASUNTO DE SENTIRSE QUERIDO Y, POR TANTO, DE SABER AMAR EN UNA SOCIEDAD PATRIARCALISTA Y MACHISTA, PERO NO PORQUE SEAMOS MENOS EMOCIONALES QUE LAS MUJERES. CREO QUE LO FEMENINO Y LO MASCULINO ESTÁN PRESENTES EN TODOS LOS SERES HUMANOS SIN EXCEPCIÓN. POR LO MENOS, YO LO SIENTO ASÍ DENTRO DE MÍ.
La eterna búsqueda de la esencia toma a veces caminos extraños. Durante milenios, “lo femenino” y lo “lo masculino” parecieron dos mundos separados por alambradas casi insalvables de prejuicios e incomprensiones.
Más tarde, y a través de un largo y muchas veces amargo camino, las mujeres lograron que los varones tuvieran, tuviéramos que tener en cuenta el enorme caudal de la energía femenina…
En realidad, fue una tarea conjunta: es decir, los hombres se dieron cuenta de que faltaba “algo” en su interior que no habían sido capaces de dar forma, y las mujeres reclamaron su espacio con la avasalladora fuerza de las injusticias pasadas. Ello nos llevó a movimientos como el feminista, que reivindicaron el papel de la mujer en la sociedad cayendo muchas veces en los mismos errores que el machismo había repetido hasta la saciedad…
La otra vía, la del redescubrimiento por parte de los hombres de su lado femenino, siguió su camino. Y llegó a cuotas más que interesantes y, en muchos casos, necesarios.
Evidentemente, el modelo de hombre autoritario y justiciero que se había enseñoreado del mundo desdeñando la sensibilidad y las emociones en general había fracasado, y urgía sustituirlo.
Pero…
La sustitución consistió en una asunción por parte de los hombres de un modelo femenino: es decir, de la aparición del “hombre suave”…
Robert Bly es un poeta estadounidense nacido en 1926. Su biografía es fascinante: autor plenamente comprometido con su tiempo, perteneció a la Asociación Americana de Escritores contra la guerra de Vietnam y tuvo una influencia muy destacable entre los poetas de su generación.
En 1990 publicó IRON JOHN (editado en español por Gaia Ediciones). En el realiza un análisis de los arquetipos que aparecen en el cuento “Juan de Hierro” de los hermanos Grimm.
Este libro iba a convertir en un clásico que iniciaría lo que se ha venido en llamar “la nueva masculinidad“, y serviría de punto de partida para que en Estados Unidos se creara el “Movimiento del hombre mitopoético”.
Bly analiza al hombre desde una perspectiva basada en Carl Gustav Jung. A través de diferentes técnicas como el estudio de los conocimientos arquetípicos inscritos en los “cuentos de hadas”, intenta averiguar cuál sería el camino para poder desarrollar de verdad el pleno potencial que los hombres poseemos en nuestro interior.
Me parece un punto de vista muy interesante para poder abordar un tema, el de la masculinidad, que creo que urge tratar. Para poder crecer, no basta con destruir: hace falta descubrir, sacar a la luz, la verdadera esencia que nos llevará a vivir en armonía.
Os dejo con sus palabras sobre “el hombre suave” que aparecen en el primer capitulo de “Iron John”: si bien menciona al hombre americano, creo que lo que dice es en gran medida universal.
Qué gran punto de partida… si entendemos que es eso, un principio, y no un final.
La eterna búsqueda de la esencia toma a veces caminos extraños. Durante milenios, “lo femenino” y lo “lo masculino” parecieron dos mundos separados por alambradas casi insalvables de prejuicios e incomprensiones.
Más tarde, y a través de un largo y muchas veces amargo camino, las mujeres lograron que los varones tuvieran, tuviéramos que tener en cuenta el enorme caudal de la energía femenina…
En realidad, fue una tarea conjunta: es decir, los hombres se dieron cuenta de que faltaba “algo” en su interior que no habían sido capaces de dar forma, y las mujeres reclamaron su espacio con la avasalladora fuerza de las injusticias pasadas. Ello nos llevó a movimientos como el feminista, que reivindicaron el papel de la mujer en la sociedad cayendo muchas veces en los mismos errores que el machismo había repetido hasta la saciedad…
La otra vía, la del redescubrimiento por parte de los hombres de su lado femenino, siguió su camino. Y llegó a cuotas más que interesantes y, en muchos casos, necesarios.
Evidentemente, el modelo de hombre autoritario y justiciero que se había enseñoreado del mundo desdeñando la sensibilidad y las emociones en general había fracasado, y urgía sustituirlo.
Pero…
La sustitución consistió en una asunción por parte de los hombres de un modelo femenino: es decir, de la aparición del “hombre suave”…
Robert Bly es un poeta estadounidense nacido en 1926. Su biografía es fascinante: autor plenamente comprometido con su tiempo, perteneció a la Asociación Americana de Escritores contra la guerra de Vietnam y tuvo una influencia muy destacable entre los poetas de su generación.
En 1990 publicó IRON JOHN (editado en español por Gaia Ediciones). En el realiza un análisis de los arquetipos que aparecen en el cuento “Juan de Hierro” de los hermanos Grimm.
Este libro iba a convertir en un clásico que iniciaría lo que se ha venido en llamar “la nueva masculinidad“, y serviría de punto de partida para que en Estados Unidos se creara el “Movimiento del hombre mitopoético”.
Bly analiza al hombre desde una perspectiva basada en Carl Gustav Jung. A través de diferentes técnicas como el estudio de los conocimientos arquetípicos inscritos en los “cuentos de hadas”, intenta averiguar cuál sería el camino para poder desarrollar de verdad el pleno potencial que los hombres poseemos en nuestro interior.
Me parece un punto de vista muy interesante para poder abordar un tema, el de la masculinidad, que creo que urge tratar. Para poder crecer, no basta con destruir: hace falta descubrir, sacar a la luz, la verdadera esencia que nos llevará a vivir en armonía.
Os dejo con sus palabras sobre “el hombre suave” que aparecen en el primer capitulo de “Iron John”: si bien menciona al hombre americano, creo que lo que dice es en gran medida universal.
Qué gran punto de partida… si entendemos que es eso, un principio, y no un final.
En los setenta, empecé a detectar por todo el país un fenómeno que podríamos denominar «el varón suave». Incluso hoy en día cuando hablo en público, más o menos la mitad de los varones jóvenes son del tipo suave. Se trata de gente encantadora y valiosa —me gustan—, y no quieren destruir la Tierra o dar comienzo a una guerra. Su forma de ser y su estilo de vida denotan una actitud amable hacia la vida.Continuar leyendo en El Blog Alternativo: http://www.elblogalternativo.com/2009/10/22/el-hombre-de-hierro-la-nueva-masculinidad-segun-robert-bly/#ixzz0nzWEoMzb
Pero muchos de estos varones no son felices. Uno nota rápidamente que les falta energía. Preservan la vida, pero no la generan. Y lo irónico es que a menudo se les ve acompañados de mujeres fuertes que definitivamente irradian energía.
Nos encontramos ante un joven de fina sensibilidad, ecológicamente superior a su padre, partidario de la total armonía del universo y sin embargo con poca vitalidad que ofrecer.
La mujer fuerte o generadora de vida que se graduó en los sesenta, por decirlo así, o que heredó un espíritu más viejo, desempeñó un papel importante en la creación de este hombre preservador, que no generador, de vida.
Recuerdo una pegatina de los años sesenta en la que se leía: «LAS MUJERES DICEN SÍ A LOS HOMBRES QUE DICEN NO.» Sabemos que hacía falta tanto valor para resistirse al reclutamiento, ir a la cárcel o exiliarse al Canadá, como para aceptar el reclutamiento e ir a Vietnam. Pero las mujeres de hace veinte años decían claramente que preferían al varón más suave y receptivo.
De modo que el desarrollo del hombre se vio ligeramente afectado por esta preferencia. La virilidad no receptiva era equiparada a la violencia, mientras que la receptiva era premiada.
Algunas mujeres enérgicas, tanto entonces como ahora en los noventa, elegían y siguen eligiendo a hombres suaves como amantes y, tal vez, como hijos. La nueva distribución de energía «yang» entre las parejas no se dio accidentalmente. Los jóvenes, por diversas razones, querían mujeres más duras, y las mujeres empezaron a desear hombres más suaves. Durante un tiempo parecía un buen arreglo, pero ya lo hemos experimentado lo bastante como para saber que no funciona.
La primera noticia de la angustia de los hombres «suaves» la tuve al oírles contar sus historias durante las primeras reuniones de varones. En 1980, la comunidad lamaística de Nuevo México me pidió que diera una conferencia para un público exclusivamente masculino, la primera que organizaban, en la que participaron unos cuarenta varones. Cada día nos dedicábamos a un dios griego y a una antigua historia, y luego, por la tarde, nos reuníamos a conversar.
Cuando los más jóvenes hablaban, no era raro que se pusieran a llorar a los cinco minutos. Me asombró la cantidad de dolor y angustia de aquellos jóvenes.
Sus aflicciones se debían en parte al alejamiento de sus padres, que acusaban agudamente, pero otra parte se debía a problemas en sus matrimonios o relaciones de pareja. Habían aprendido a ser receptivos, pero la receptividad no era suficiente para sacar adelante sus matrimonios en tiempos de crisis. Toda relación necesita de vez en cuando cierta violencia: la necesitan tanto el hombre como la mujer. Pero, cuando surgía esta necesidad, el hombre solía quedarse corto. Su actitud era positiva, pero su relación y su vida requieren algo más.
El hombre «suave» era capaz de decir: «Sé lo que estás sufriendo y considero tu vida tan importante como la mía, y cuidaré de ti y te consolaré.» Pero no podía decir lo que quería, y mantener su postura. Resoluciones de ese tipo eran tema aparte. En la Odisea, Hermes le ordena a Odiseo que cuando se aproxime a Circe, que representa cierto tipo de energía matriarcal, levante o muestre su espada. En estas primeras sesiones, a muchos de los más jóvenes les costaba distinguir entre mostrar la espada y herir a alguien.
Un hombre, una especie de encarnación de ciertas actitudes espirituales de los sesenta, un hombre que había vivido en un árbol en las afueras de Santa Cruz durante un año, se descubrió incapaz de extender el brazo cuando sostenía una espada. Había aprendido tan bien a no lastimar a nadie, que no podía alzar el acero, ni siquiera para reflejar la luz del sol. Pero mostrar una espada no implica necesariamente pelear.
También puede sugerir una alegre firmeza. El viaje que muchos americanos han emprendido hacia la «suavidad», hacia la «receptividad» o hacia «el desarrollo del lado femenino» ha sido un viaje enormemente valioso, pero aún queda mucho por recorrer.
viernes, 7 de mayo de 2010
LAMENTARSE O SER FELIZ
Un amigo bahá’í me ha pasado el siguiente texto con el título precedente:
Recuerdo que en la terapia, pregunté una vez que si no sentías ni tristeza, ni rabia, ni miedo, si eso quería decir que sentías alegría. Y me contestaron que sí, que así era puesto que sólo existen esas cuatro emociones básicas. Pues bien, para mí es como si la alegría estuviera siempre de fondo, lista para “ser sentida” en cualquier momento en que lo que sea adecuado no sea sentir cualquiera de las otras tres emociones. O sea, si la situación es de dolor (pérdida de un ser querido, por ejemplo) lo adecuado es sentir tristeza; si es que nos hemos sentido atacados o agraviados, rabia (pero no rabia sistemática y constante); y si tememos que nos vayan a echar una bronca, miedo. Eso es lo adecuado. Pero si no se da ninguna de esas emociones, lo que hemos de sentir de forma natural es la alegría, la alegría de vivir.
Con las quejas y las críticas permanentes, lo que ocurre es que nunca hay espacio para sentir la alegría porque todo él está ocupado constantemente por alguna o algunas de las otras tres emociones, y eso, como dice el escrito que me ha pasado mi amigo, es causa de infelicidad (en mi lenguaje: dificulta sentir bienestar emocional, sentirse bien con uno mismo y con los demás).
Por lo que a mí respecta, cada día me propongo estar más atento que el anterior para evitar entrar en la dinámica de las quejas y de las críticas (lo que no quiere decir que siempre lo logre). Por eso recomendé el otro día confeccionar la lista de los agradecimientos, para poder conectar lo más rápidamente posible con la no-queja, es decir, con lo positivo. En cuanto a las quejas sistemáticas que me puedan venir de otras personas, miro de no quedar atrapado por ellas, de mantenerme sereno y no participativo, aunque pueda generar a la vez un sentimiento de empatía, de comprensión hacia lo que le ocurre a ellas. Y lo mismo pasa con las críticas. Hay veces incluso que, para no perderme en medio de los juegos psicológicos a los que soy invitado, tengo que decir cosas como: Entiendo lo que sientes pero no lo comparto, no pienso igual que tú. Que es tanto como decir: Te tengo en consideración, me doy cuenta de lo que te pasa (que necesitas descargar tu ira, por ejemplo) pero yo no voy participar en ello porque sé que me va a causar malestar.
Sin embargo – tal como se expone en el escrito anterior – está tan extendida la costumbre de quejarse, lamentarse y criticar, que, en general, se toma como una conducta de lo más “natural”. Y eso nos pasa a todos, en mayor o menor medida. A mí me enseñaron, cuando era pequeño, que tenía que ser bueno y no criticar, pero no me enseñaron que de ello dependería mi bienestar emocional. Una vez que he llegado a la madurez, lo he aprendido, así es que, aunque por motivos diferentes de los de la niñez, vuelvo a practicar aquella enseñanza, sencillamente porque quiero estar bien, emocionalmente hablando.
Si prestáramos atención a las conversaciones que oímos a nuestro alrededor (incluyendo las que nos ofrecen los medios de comunicación), y sobre todo a las nuestras propias, descubriríamos con sorpresa que una gran parte de ellas están dedicadas a murmurar o a quejarnos, lamentarnos o expresar disgusto por casi todos los aspectos de la vida: sobre cualquier miembro de la familia, los amigos, el trabajo, la administración, la crisis económica, los vecinos, los desconocidos con los que nos cruzamos en la calle o en la carretera, nuestra salud, los gobernantes, nuestra comunidad, los programas de la televisión, el precio de las cosas, el clima, la limpieza de nuestra ciudad, la escuela o la universidad, ….. Tenemos tan asumida esta costumbre, ese modo de ver la vida, que no somos conscientes de ello, y si alguno nos preguntara si somos murmuradores, gruñones, lastimeros o quejicas probablemente responderíamos, bien convencidos, que no lo somos en absoluto, aunque si admitiríamos, a renglón seguido, que conocemos a muchos a nuestro alrededor que lo son. La realidad, sin embargo, es bien distinta; disfrutamos hablando mal de los que nos rodean y quejándonos de todo, y muy en particular de nuestros problemas. Si usted, querido lector, no está de acuerdo con esta afirmación póngase a prueba durante un solo día. Anote cuántas veces en 24 horas ha murmurado, se ha quejado o lamentado y se llevará una buena sorpresa.Por mi parte, he de decir que suscribo totalmente estas afirmaciones. Y además me gustaría añadir alguna más de mi cosecha. Como, por ejemplo, que hay personas que, aunque puedan llegar a entender el sentido de esto que comentamos (es decir, que las quejas constantes conducen a la infelicidad), no se sienten capaces (o no quieren) cambiar sus métodos de vida y prefieren seguir con los mismos comportamientos. Claro está que, por otra parte, como no son felices, incluso llegan a poner en duda que sea posible llegar a serlo.
Para acotar un asunto tan amplio dejemos para otra reflexión el tema de la murmuración y centrémonos sólo en las lamentaciones, las quejas y la desesperanza que con frecuencia hacen presa de nosotros cuando enfrentamos las vicisitudes de la vida, ya sean éstas de escasa entidad, como ligeros contratiempos o frustraciones, o realmente importantes como enfermedades graves, pérdida de seres queridos u otros infortunios
Las quejas, las expresiones de disgusto y los lamentos están tan presentes en nuestras vidas que cabría pensar que en ellas hay algún bien o beneficio. Tal vez la causa sea que al lamentarnos de nuestra situación o condición obtenemos un efímero alivio a nuestros problemas atrayendo hacia nosotros la atención, la compasión o la comprensión de los demás. Pero es tan sólo una apariencia, una ficción, ya que con ese proceder estamos haciendo depender nuestro bienestar de los demás. En muchos casos esa costumbre parece incluso patológica. Todos conocemos a algún o a más de un amigo, compañero o compañera de trabajo que no sabe conversar si no es expresando quejas y críticas o hablando de sus problemas de salud, laborales o familiares. Naturalmente, esas personas no son plenamente conscientes de su actitud. De hecho, también es posible que nosotros mismos seamos así y que ni siquiera nos demos cuenta de ello. Hay personas a las que las clásicas preguntas de cortesía: “¿Cómo estás?” o” ¿Cómo te va?”, les abre la puerta a su desbordante deseo de expresar lo mal que están o que se sienten. A veces, incluso, esas mismas personas te hacen idénticas preguntas, no para interesarse realmente por ti, sino para tener la oportunidad de hablar de si mismas y sus pesares.
(…) la actitud de desesperanza, tristeza, queja, alarde de sufrimiento y lamento es causa de infelicidad e incluso enfermedad y, por consiguiente, de más motivos de pesar y congoja, por lo que, en lugar de aliviar, empeoran nuestra situación.
Recuerdo que en la terapia, pregunté una vez que si no sentías ni tristeza, ni rabia, ni miedo, si eso quería decir que sentías alegría. Y me contestaron que sí, que así era puesto que sólo existen esas cuatro emociones básicas. Pues bien, para mí es como si la alegría estuviera siempre de fondo, lista para “ser sentida” en cualquier momento en que lo que sea adecuado no sea sentir cualquiera de las otras tres emociones. O sea, si la situación es de dolor (pérdida de un ser querido, por ejemplo) lo adecuado es sentir tristeza; si es que nos hemos sentido atacados o agraviados, rabia (pero no rabia sistemática y constante); y si tememos que nos vayan a echar una bronca, miedo. Eso es lo adecuado. Pero si no se da ninguna de esas emociones, lo que hemos de sentir de forma natural es la alegría, la alegría de vivir.
Con las quejas y las críticas permanentes, lo que ocurre es que nunca hay espacio para sentir la alegría porque todo él está ocupado constantemente por alguna o algunas de las otras tres emociones, y eso, como dice el escrito que me ha pasado mi amigo, es causa de infelicidad (en mi lenguaje: dificulta sentir bienestar emocional, sentirse bien con uno mismo y con los demás).
Por lo que a mí respecta, cada día me propongo estar más atento que el anterior para evitar entrar en la dinámica de las quejas y de las críticas (lo que no quiere decir que siempre lo logre). Por eso recomendé el otro día confeccionar la lista de los agradecimientos, para poder conectar lo más rápidamente posible con la no-queja, es decir, con lo positivo. En cuanto a las quejas sistemáticas que me puedan venir de otras personas, miro de no quedar atrapado por ellas, de mantenerme sereno y no participativo, aunque pueda generar a la vez un sentimiento de empatía, de comprensión hacia lo que le ocurre a ellas. Y lo mismo pasa con las críticas. Hay veces incluso que, para no perderme en medio de los juegos psicológicos a los que soy invitado, tengo que decir cosas como: Entiendo lo que sientes pero no lo comparto, no pienso igual que tú. Que es tanto como decir: Te tengo en consideración, me doy cuenta de lo que te pasa (que necesitas descargar tu ira, por ejemplo) pero yo no voy participar en ello porque sé que me va a causar malestar.
Sin embargo – tal como se expone en el escrito anterior – está tan extendida la costumbre de quejarse, lamentarse y criticar, que, en general, se toma como una conducta de lo más “natural”. Y eso nos pasa a todos, en mayor o menor medida. A mí me enseñaron, cuando era pequeño, que tenía que ser bueno y no criticar, pero no me enseñaron que de ello dependería mi bienestar emocional. Una vez que he llegado a la madurez, lo he aprendido, así es que, aunque por motivos diferentes de los de la niñez, vuelvo a practicar aquella enseñanza, sencillamente porque quiero estar bien, emocionalmente hablando.
domingo, 2 de mayo de 2010
EXPRESAR NUESTRO AGRADECIMIENTO
Anteayer estuve viendo la versión cinematográfica de “El Secreto”, de cuya lectura ya escribí hace un tiempo en este mismo blog. No pude acabarla de ver por razones técnicas, pero lo haré en cuanto pueda. Recomiendo que quien no tenga tiempo para leer el libro, adquiera el DvD en cualquier biblioteca y vea el film. Vale la pena. En un par de horas puede entenderse perfectamente cuál es el mensaje.
A continuación, transcribiré algunas de las afirmaciones de los mentores de “El Secreto”, que son personas con muy diversas formaciones (físicos, médicos, escritores, terapeutas, etc.) y de diferentes épocas, con la idea de dejar escritas unas cuantas “píldoras” de sabiduría que nos pueden ayudar a mejorar como personas y a saber gestionar o manejar mejor nuestro mundo emocional (las emociones son nuestra energía, el combustible que necesitamos para conducirnos por la vida con satisfacción y a pleno rendimiento). Las frases están transcritas casi literalmente.
Creo que una de las ideas principales de estos textos es que hemos de vivir el presente adecuadamente porque, según cómo lo vivamos, así será nuestro futuro. O sea, la conocida aseveración que comentábamos la semana pasada de que cada uno de nosotros construye su propio futuro (naturalmente, en el presente). Eso supone, por una lado, intentar no quedar apresados por el pasado; y por otro, ser muy conscientes de la importancia de conectar con lo positivo que hay dentro y fuera de nosotros.
Otra idea fundamental de “El Secreto” es la “Ley de la atracción”, según la cual el Universo o como se quiera llamar a la Inmensidad que nos envuelve, nos penetra y de la que formamos parte (yo le llamo Energía Cósmica) nos da siempre aquello que pensamos, lo hagamos conscientemente o no. Es decir que si una persona está dando vueltas permanentemente a la tristeza que siente, por ejemplo, lo que estará haciendo será atraer más tristeza a su vida, más situaciones de tristeza, más personas que confirmen su tristeza (se reunirá con gente que esté triste como ella, por ejemplo). Atraemos lo que pensamos, porque nuestra mente está en contacto con ese Universo del que hablamos. Por eso es tan importante darse cuenta de si estamos sumidos en una situación en redondo, de aquellas de “la pescadilla que se muerde la cola”, porque será el momento de tomar la decisión de salir de ella y comenzar a formularnos pensamientos positivos que provocarán, a la larga, situaciones positivas en el futuro debido a la “Ley de la atracción”.
Y una última cosa que quiero comentar son los tres pasos que aconsejan los autores de la obra:
1/ Pedir lo que deseamos.
2/ Recibirlo.
3/ Agradecerlo.
Me fijaré en el último apartado porque es muy ilustrativo. Uno de los comentaristas de la película (un terapeuta, creo recordar) explicaba que todos los días, cuando se levantaba por la mañana, lo primero que hacía al poner los pies en el suelo era repasar su lista de agradecimientos por los dones que había recibido de la Vida (Universo, Cosmos, etc.). Yo lo he probado a menudo. Es una buena forma de conectar con los aspectos emocionalmente positivos de nuestra vida, sobre todo cuando las preocupaciones o los pensamientos sombríos nos cercan. Y da resultado. Os lo aseguro. En mi caso, suelo dar gracias por haber nacido, por haber nacido persona, por haber nacido sin minusvalías, por haberme dado la familia en la que me crié, por haber recibido amor y cuidados cuando era pequeño, por haberme dotado de una inteligencia que me ha permitido estar bien en la vida, por haber disfrutado de una situación social y económica que me ha permitido estudiar, por haber podido formar una familia saludable y amorosa, por disfrutar de salud, por tener un trabajo estable y bien remunerado, por haber podido escribir libros, por poder viajar y conocer mucha gente, por haber tenido la inspiración de crear este blog, por tener muchos amigos y conocidos que me quieren, por haber podido aprender de mis errores, por haberme tenido que (y haber sabido) espabilarme ante las dificultades de la vida, etc. Y me dejo muchos más motivos de agradecimiento por exponer, tantos que quizás no cabrían en una hoja.
Propongo que los lectores del blog (con sus nombres reales o supuestos) comentéis cuáles son los motivos por los que estáis agradecidos a la Vida. Para hacer eso, no se necesita ser un gran escritor o un gran pensador. Sólo se requiere un mínimo de valor y las ganas de compartir lo que nos une: el deseo de estar bien, el deseo de ser felices.
A continuación, transcribiré algunas de las afirmaciones de los mentores de “El Secreto”, que son personas con muy diversas formaciones (físicos, médicos, escritores, terapeutas, etc.) y de diferentes épocas, con la idea de dejar escritas unas cuantas “píldoras” de sabiduría que nos pueden ayudar a mejorar como personas y a saber gestionar o manejar mejor nuestro mundo emocional (las emociones son nuestra energía, el combustible que necesitamos para conducirnos por la vida con satisfacción y a pleno rendimiento). Las frases están transcritas casi literalmente.
Creo que una de las ideas principales de estos textos es que hemos de vivir el presente adecuadamente porque, según cómo lo vivamos, así será nuestro futuro. O sea, la conocida aseveración que comentábamos la semana pasada de que cada uno de nosotros construye su propio futuro (naturalmente, en el presente). Eso supone, por una lado, intentar no quedar apresados por el pasado; y por otro, ser muy conscientes de la importancia de conectar con lo positivo que hay dentro y fuera de nosotros.
Otra idea fundamental de “El Secreto” es la “Ley de la atracción”, según la cual el Universo o como se quiera llamar a la Inmensidad que nos envuelve, nos penetra y de la que formamos parte (yo le llamo Energía Cósmica) nos da siempre aquello que pensamos, lo hagamos conscientemente o no. Es decir que si una persona está dando vueltas permanentemente a la tristeza que siente, por ejemplo, lo que estará haciendo será atraer más tristeza a su vida, más situaciones de tristeza, más personas que confirmen su tristeza (se reunirá con gente que esté triste como ella, por ejemplo). Atraemos lo que pensamos, porque nuestra mente está en contacto con ese Universo del que hablamos. Por eso es tan importante darse cuenta de si estamos sumidos en una situación en redondo, de aquellas de “la pescadilla que se muerde la cola”, porque será el momento de tomar la decisión de salir de ella y comenzar a formularnos pensamientos positivos que provocarán, a la larga, situaciones positivas en el futuro debido a la “Ley de la atracción”.
Y una última cosa que quiero comentar son los tres pasos que aconsejan los autores de la obra:
1/ Pedir lo que deseamos.
2/ Recibirlo.
3/ Agradecerlo.
Me fijaré en el último apartado porque es muy ilustrativo. Uno de los comentaristas de la película (un terapeuta, creo recordar) explicaba que todos los días, cuando se levantaba por la mañana, lo primero que hacía al poner los pies en el suelo era repasar su lista de agradecimientos por los dones que había recibido de la Vida (Universo, Cosmos, etc.). Yo lo he probado a menudo. Es una buena forma de conectar con los aspectos emocionalmente positivos de nuestra vida, sobre todo cuando las preocupaciones o los pensamientos sombríos nos cercan. Y da resultado. Os lo aseguro. En mi caso, suelo dar gracias por haber nacido, por haber nacido persona, por haber nacido sin minusvalías, por haberme dado la familia en la que me crié, por haber recibido amor y cuidados cuando era pequeño, por haberme dotado de una inteligencia que me ha permitido estar bien en la vida, por haber disfrutado de una situación social y económica que me ha permitido estudiar, por haber podido formar una familia saludable y amorosa, por disfrutar de salud, por tener un trabajo estable y bien remunerado, por haber podido escribir libros, por poder viajar y conocer mucha gente, por haber tenido la inspiración de crear este blog, por tener muchos amigos y conocidos que me quieren, por haber podido aprender de mis errores, por haberme tenido que (y haber sabido) espabilarme ante las dificultades de la vida, etc. Y me dejo muchos más motivos de agradecimiento por exponer, tantos que quizás no cabrían en una hoja.
Propongo que los lectores del blog (con sus nombres reales o supuestos) comentéis cuáles son los motivos por los que estáis agradecidos a la Vida. Para hacer eso, no se necesita ser un gran escritor o un gran pensador. Sólo se requiere un mínimo de valor y las ganas de compartir lo que nos une: el deseo de estar bien, el deseo de ser felices.
Un pensamiento positivo es cien veces más potente que uno negativo.
Hay suficientemente tiempo para que aquello que deseas se haga realidad.
Todo lo que nos sucede lo hemos atraído nosotros con nuestros pensamientos.
Sería imposible ser conscientes de todo lo que pensamos (60.000 pensamientos/día), así es que lo hacemos inconscientemente, por defecto.
Como no podemos conocer todos nuestros pensamientos, tenemos un mecanismo que no falla: los sentimientos, las emociones, las sensaciones. Ellos nos dirán lo que estamos pensando y, por lo tanto, lo que estamos atrayendo ahora (los pensamientos negativos nos hacen sentirnos mal y los pensamientos positivos, bien).
Lo importante es saber qué siento en este momento porque aquello que sienta será lo que atraiga lo positivo o lo negativo.
Sentirse bien es muy importante para atraer el sentirse bien en el futuro.
Tu libertad, tu poder, están en poder crear conscientemente tu vida, tu futuro.
Cuando te sientas mal, piensa en algo que te guste, escucha la música que ames, etc.
Lo que sientes y lo que piensas (en lo que pones tu atención –te des cuenta o no de ello) está creando tu futuro según la Ley de la Atracción.
Para usar la Ley de la atracción hay que hacer tres cosas:
1) Hay que pedir (hablado o escrito)
2) El Universo te dará la respuesta exacta a lo que pides.
3) Hay que agradecer lo que se te da, estando y actuando en consonancia con lo que pides, con lo que deseas, con lo que sientes)
Lo que te ocurre ahora es lo que fuiste, lo que pensaste, no lo que piensas ahora.
Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado (Buda)
Sentir gratitud por lo que tienes de bueno en tu vida es la manera de atraer las cosas que quieres en tu vida. Has de partir de sentirte agradecido por lo que tienes y eso atraerá lo quieres para tu futuro.
domingo, 25 de abril de 2010
LOS HABITOS MENTALES NEGATIVOS
10-04-23
Cada uno de nosotros es el creador de su propio presente y, en consecuencia, de su propio futuro.
No solemos darnos cuenta de ello, pero continuamente estamos creando nuestro presente y nuestro futuro a través de lo que pensamos y de las conductas que se derivan de ello. Hay muchos pensamientos que son reiterativos, y algunos de ellos son claramente negativos. Pues bien, si quedamos atrapados por el hábito de tener esos pensamientos negativos, estaremos construyendo nuestro presente y nuestro futuro de forma negativa. He aquí por qué es tan importante darnos cuenta de que tenemos ese tipo de pensamientos reiterativos y negativos.
Si sentimos que estamos solos y no paramos de confirmar mentalmente este sentimiento, es seguro que tendremos más soledad en el futuro porque las nuevas situaciones de soledad confirmarán ese primer sentimiento que teníamos. Todo eso ocurre involuntariamente dentro de nuestro cerebro. No hace falta que nos demos cuenta de lo que está pasando. Sencillamente, los pensamientos repetidos crean un hábito mental, y el hábito mental, para que funcione y produzca sus efectos, no necesita de la consciencia o del darse cuenta por parte del sujeto.
Lo mismo pasa con todos los demás sentimientos: el miedo, la tristeza, la queja, las dudas, e incluso con el de creer que uno está enfermo, y por eso, una persona que se diga a sí misma reiteradamente que está enferma o tenga miedo constantemente a caer enferma, acabará enfermando, con toda seguridad.
Con relación al hábito de dudar, quiero transcribir unos minutos de la entrevista que le hicieron hace pocos días a Sesha, filósofo y practicante de la meditación vedanta advaita en el programa “L’ofici de viure” de Catalunya Radio, bajo el título “Aprendre a no dubtar” (aprender a no dudar):
Pues bien, sigamos con mi reflexión sobre los hábitos mentales negativos.
Según lo veo yo, está al alcance de todas las personas cambiar la situación de dependencia de los hábitos mentales negativos. Una técnica – de la que ya hemos hablado en este blog – es la de estar atentos para no pensar negativamente y, en cambio, pensar positivamente (“El Secreto”), pero creo que podemos hacer algo más que es darnos cuenta de los mecanismos por los que los pensamientos negativos se convierten en hábitos mentales negativos. Ahora bien, para esto último, nos hace falta distanciarnos de nuestra mente, es decir, reconocer que nosotros (seamos lo que seamos o quienes seamos en el fondo más hondo existencialmente, espiritualmente o metafísicamente) somos en cierta manera diferentes de nuestra mente respectiva, porque, si no, no podríamos reflexionar sobre ella como si fuera un objeto exterior a nosotros.
Por ese camino, podemos llegar a reconocer fácilmente que hay una parte de nuestra mente que tiene adquirido un hábito de pensar negativamente y también que, cuando se dan unas determinadas condiciones, ese hábito se convierte en una conducta que reiteramos frecuentemente, que es negativa para nosotros y, probablemente, para los que nos rodean,.
Si queremos desprendernos de nuestros hábitos mentales negativos, tenemos que hacer este ejercicio de separarnos de nuestra mente condicionada o afectada por los hábitos negativos para poder dar los siguientes pasos, que no son sino decirnos a nosotros mismos: yo no soy esa mente que tiene el hábito negativo, yo en realidad no quiero seguir pensando eso, no quiero actuar de esa manera, no me quiero hacer daño a mí mismo, no quiero hacer daño a los demás.
Es cuestión de cambiar nuestras actitudes. Pasar de no darnos cuenta de cómo funciona nuestra mente, a un estar atento y descubrirlo. Pasar de un actuar mecánicamente o reactivamente de acuerdo con esos hábitos mentales negativos, y decidir actuar autónomamente y positivamente. Pero para conseguirlo, falta algo más: querer cambiar.
Querer cambiar, cuando de hábitos mentales negativos se trata, es querer estar bien. Sin esa voluntad de estar bien, de estar sano, de no tener dependencias de ese tipo, no se puede resolver el asunto porque los hábitos mentales negativos son una forma más de adicción. Nuestra mente tiene una adicción negativa y, para salir de ella, es imprescindible una voluntad de cambio, a parte de haber reconocido el aspecto negativo del hábito.
Las preguntas claves son: ¿Quiero salir de la adicción que tiene mi mente? ¿Estoy dispuesto a no dejarme arrastrar por sus hábitos negativos? ¿Reconozco que esos hábitos me hacen daño? ¿Quiero estar bien?
Cada vez que se dé la circunstancia que provoca la conducta que no deseamos, hay que detenerse a pensar y decirse: ¿Qué es lo que quiere mi mente? ¿Qué es lo que quiero yo? Al principio es absolutamente necesario formularse las preguntas, pero paulatinamente, a medida que hagamos el ejercicio, no hará falta repetirlo tan insistentemente, porque cada vez que consigamos llevar a cabo la acción positiva que deseemos, reforzaremos nuestra voluntad y nuestro deseo de estar bien y, por tanto, tendremos más energía para acometer las siguientes situaciones que se nos presenten.
La tristeza persistente es también un hábito mental negativo. Y lo mismo pasa con el miedo. Y con la rabia o el enfado permanente. Hay personas que siempre están enfadadas y se limitan a manifestarlo públicamente en todos los lados: en casa con la familia, en el trabajo con los compañeros, con los amigos, etc. Y hay otros que todo lo ven negativo habitualmente: todo va mal, todo es una m…, la situación es desastrosa, nada funciona, etc. Son sólo algunos de los muchos hábitos mentales negativos que tenemos que cambiar si queremos ir al encuentro de nuestro bienestar emocional.
Así pues, quiero acabar reiterando que, a mi juicio, cada uno de nosotros es el creador de su presente y, por tanto, de su futuro y de su destino, y de aquí la importancia enorme de cambiar nuestros hábitos mentales negativos. Si no lo hacemos, es seguro para mí que acabaremos teniendo un montón de experiencias negativas en nuestra vida.
Cada uno de nosotros es el creador de su propio presente y, en consecuencia, de su propio futuro.
No solemos darnos cuenta de ello, pero continuamente estamos creando nuestro presente y nuestro futuro a través de lo que pensamos y de las conductas que se derivan de ello. Hay muchos pensamientos que son reiterativos, y algunos de ellos son claramente negativos. Pues bien, si quedamos atrapados por el hábito de tener esos pensamientos negativos, estaremos construyendo nuestro presente y nuestro futuro de forma negativa. He aquí por qué es tan importante darnos cuenta de que tenemos ese tipo de pensamientos reiterativos y negativos.
Si sentimos que estamos solos y no paramos de confirmar mentalmente este sentimiento, es seguro que tendremos más soledad en el futuro porque las nuevas situaciones de soledad confirmarán ese primer sentimiento que teníamos. Todo eso ocurre involuntariamente dentro de nuestro cerebro. No hace falta que nos demos cuenta de lo que está pasando. Sencillamente, los pensamientos repetidos crean un hábito mental, y el hábito mental, para que funcione y produzca sus efectos, no necesita de la consciencia o del darse cuenta por parte del sujeto.
Lo mismo pasa con todos los demás sentimientos: el miedo, la tristeza, la queja, las dudas, e incluso con el de creer que uno está enfermo, y por eso, una persona que se diga a sí misma reiteradamente que está enferma o tenga miedo constantemente a caer enferma, acabará enfermando, con toda seguridad.
Con relación al hábito de dudar, quiero transcribir unos minutos de la entrevista que le hicieron hace pocos días a Sesha, filósofo y practicante de la meditación vedanta advaita en el programa “L’ofici de viure” de Catalunya Radio, bajo el título “Aprendre a no dubtar” (aprender a no dudar):
Con la duda, te sumerges en un estado psicológico el cual, por la continua repetición y afirmación, acabas convirtiéndolo en un hábito del cual no puedes salir.Recomiendo escuchar entera la entrevista en el podcast del programa porque es muy interesante. Además, fue hecha en castellano porque Sesha es colombiano y no habla catalán.
La duda te lleva necesariamente a un extremo psicológico (…) y su reafirmación lleva al hábito y, por lo tanto, a una conducta que es inestable. La duda te sumerge en la inquietud (…) y te lleva al conflicto.
El sufrimiento es un hábito mental, una manera de reaccionar ante las circunstancias (…) comparamos nuestras vivencias con situaciones dañinas o caóticas, y convertimos el conflicto en una razón de recuerdo.
Pues bien, sigamos con mi reflexión sobre los hábitos mentales negativos.
Según lo veo yo, está al alcance de todas las personas cambiar la situación de dependencia de los hábitos mentales negativos. Una técnica – de la que ya hemos hablado en este blog – es la de estar atentos para no pensar negativamente y, en cambio, pensar positivamente (“El Secreto”), pero creo que podemos hacer algo más que es darnos cuenta de los mecanismos por los que los pensamientos negativos se convierten en hábitos mentales negativos. Ahora bien, para esto último, nos hace falta distanciarnos de nuestra mente, es decir, reconocer que nosotros (seamos lo que seamos o quienes seamos en el fondo más hondo existencialmente, espiritualmente o metafísicamente) somos en cierta manera diferentes de nuestra mente respectiva, porque, si no, no podríamos reflexionar sobre ella como si fuera un objeto exterior a nosotros.
Por ese camino, podemos llegar a reconocer fácilmente que hay una parte de nuestra mente que tiene adquirido un hábito de pensar negativamente y también que, cuando se dan unas determinadas condiciones, ese hábito se convierte en una conducta que reiteramos frecuentemente, que es negativa para nosotros y, probablemente, para los que nos rodean,.
Si queremos desprendernos de nuestros hábitos mentales negativos, tenemos que hacer este ejercicio de separarnos de nuestra mente condicionada o afectada por los hábitos negativos para poder dar los siguientes pasos, que no son sino decirnos a nosotros mismos: yo no soy esa mente que tiene el hábito negativo, yo en realidad no quiero seguir pensando eso, no quiero actuar de esa manera, no me quiero hacer daño a mí mismo, no quiero hacer daño a los demás.
Es cuestión de cambiar nuestras actitudes. Pasar de no darnos cuenta de cómo funciona nuestra mente, a un estar atento y descubrirlo. Pasar de un actuar mecánicamente o reactivamente de acuerdo con esos hábitos mentales negativos, y decidir actuar autónomamente y positivamente. Pero para conseguirlo, falta algo más: querer cambiar.
Querer cambiar, cuando de hábitos mentales negativos se trata, es querer estar bien. Sin esa voluntad de estar bien, de estar sano, de no tener dependencias de ese tipo, no se puede resolver el asunto porque los hábitos mentales negativos son una forma más de adicción. Nuestra mente tiene una adicción negativa y, para salir de ella, es imprescindible una voluntad de cambio, a parte de haber reconocido el aspecto negativo del hábito.
Las preguntas claves son: ¿Quiero salir de la adicción que tiene mi mente? ¿Estoy dispuesto a no dejarme arrastrar por sus hábitos negativos? ¿Reconozco que esos hábitos me hacen daño? ¿Quiero estar bien?
Cada vez que se dé la circunstancia que provoca la conducta que no deseamos, hay que detenerse a pensar y decirse: ¿Qué es lo que quiere mi mente? ¿Qué es lo que quiero yo? Al principio es absolutamente necesario formularse las preguntas, pero paulatinamente, a medida que hagamos el ejercicio, no hará falta repetirlo tan insistentemente, porque cada vez que consigamos llevar a cabo la acción positiva que deseemos, reforzaremos nuestra voluntad y nuestro deseo de estar bien y, por tanto, tendremos más energía para acometer las siguientes situaciones que se nos presenten.
La tristeza persistente es también un hábito mental negativo. Y lo mismo pasa con el miedo. Y con la rabia o el enfado permanente. Hay personas que siempre están enfadadas y se limitan a manifestarlo públicamente en todos los lados: en casa con la familia, en el trabajo con los compañeros, con los amigos, etc. Y hay otros que todo lo ven negativo habitualmente: todo va mal, todo es una m…, la situación es desastrosa, nada funciona, etc. Son sólo algunos de los muchos hábitos mentales negativos que tenemos que cambiar si queremos ir al encuentro de nuestro bienestar emocional.
Así pues, quiero acabar reiterando que, a mi juicio, cada uno de nosotros es el creador de su presente y, por tanto, de su futuro y de su destino, y de aquí la importancia enorme de cambiar nuestros hábitos mentales negativos. Si no lo hacemos, es seguro para mí que acabaremos teniendo un montón de experiencias negativas en nuestra vida.
sábado, 17 de abril de 2010
ALFONSO (autoestima, orgullo y humildad)
10-04-17
Mis reflexiones sobre estos asuntos forman parte de un proceso que es mi propio proceso de sanación emocional. Por consiguiente, tengo que reiterar que esas reflexiones no provienen de manuales de psicología o de otro orden, ni quiero que sean especulaciones más bien teóricas. Insisto –como otras veces- que yo hablo desde lo que he experimentado o experimento, es decir, desde mi corazón. Y hecha esta salvedad, voy a referirme a los temas propuestos por Alfonso en su comentario.
Comenzaré por transcribir los interrogantes que se me abrieron cuando lo leí:
¿Qué clase de sentimiento es el orgullo? ¿Y la humildad? ¿Qué es el ego? ¿Por qué nos podemos sentir inferiores a otros? ¿Por qué sentimos miedo a ser heridos? ¿Puede convertirse el sentimiento de autoestima en el de orgullo?
¿Hay personas orgullosas? ¿Lo son siempre y únicamente las que tienen miedo a ser heridas?
Yo parto –como ya sabemos- de que existen cuatro emociones básicas (alegría, miedo, tristeza y rabia) y de que todas las demás emociones que podamos etiquetar con denominaciones diferentes son, en realidad, subsumibles en alguna de estas cuatro. Naturalmente, de todas ellas, la única emoción claramente positiva es la alegría.
Otra de mis convicciones es que cada persona es única e irrepetible, por lo que cada uno tiene una forma y un ritmo propios de ir hacia el bienestar, o sea, un camino singular. Pero eso no quiere decir que los humanos seamos tan diferentes unos de otros como para no sentir las mismas cosas. Todos sentimos las cuatro emociones. Pero, no obstante, cada uno de nosotros va “etiquetando” con sus sentimientos lo que le va sucediendo, en función de sus características personales (constitución genética, experiencias, entorno familiar y social, aprendizajes, educación, etc.).
Pues bien, en mi caso, la etiqueta “orgullo” me la colgaron los adultos de mi entorno desde muy jovencito. Incluso hoy en día todavía hay quien me la cuelga (y el caso es que mi última terapeuta me aseguró que, a su entender, yo “no era orgulloso”). Desde entonces, he tenido que ir por mi vida con una especie de losa encima de mis espaldas, añadida a muchas otras, que me provocaba además un cierto sentimiento de culpa, sentimiento que, por cierto, ya no conservo.
A mi entender, los adultos que me etiquetaron así podrían haber hecho un mejor trabajo en mi caso si se hubieran dado cuenta de que yo tenía la autoestima por los suelos. Hicieron lo que pudieron. No sabían más. De acuerdo. Pero eso no quiere decir que en ese sentido, me ayudaran mucho, a madurar emocionalmente. Así es que, al menos en mi caso, el orgullo no se convirtió en autoestima, sino que, por decirlo así, un cierto sentimiento (al que luego le pondré nombre en vez del de orgullo) convivió dentro de mí con una situación de baja autoestima.
Por lo que a mí respecta, lo que hubo fue mucha rabia. Si el niño que yo fui se sintió dejado de lado y desprotegido, era lógico que desarrollara las tres emociones “negativas”: rabia, miedo y tristeza. Y así fue. No el orgullo. ¿Orgullo de qué? ¿Orgullo de sentirse sólo y poco querido un niño entre los 3 y los 6 ó 7 años?
Y eso fue lo que encontré dentro de mí cuando fui a terapia emocional. Un hombre que había crecido físicamente, intelectualmente, profesionalmente, socialmente, familiarmente, etc., pero con un niño interior herido: triste, que se sentía desprotegido y que tenía mucha rabia acumulada. Por otra parte, un niño que había recibido mensajes del tipo: “tienes que ser bueno y generoso”, “tienes que ser más humilde”, “no tienes que ser egoísta”, “no tienes que ser tan orgulloso”, etc.
La línea terapéutica que yo he seguido (y sigo por mí mismo) comienza, pues, por darle la vuelta a todo esto. Te ayuda a que conectes con lo que realmente sientes y con lo que realmente necesitas (no con las ideas o con los sentimientos o necesidades que te han sido inculcados). Y a continuación, te enseña métodos para expresar y sanear lo que sea necesario. Por otra parte, te invita a ser auténtico, es decir, a mostrarte tal como eres, sin temor, porque es la única manera de sentirse bien (nadie puede sentirse bien si no se siente y actúa como en realidad es). Obviamente, en este camino, se consigue recuperar parte de la autoestima perdida y, en definitiva, solventar los problemas y las dudas emocionales que se arrastran desde niño, hasta llegar a ser cada día una persona más adulta.
Por lo que se refiere a las relaciones con los demás, hay algo en lo que he insistido desde un principio en mis entradas en el blog: podemos y debemos (si queremos estar bien) actuar desde el Yo bien y Tú bien.
La cualidad de la humildad en la que Alfonso insiste sería, más bien, para mí, la de la naturalidad (de hecho, los “sabios” no aceptan que sean humildes, sino naturales, que son como son, como todo el mundo). Yo soy como soy y quiero que se me respete mi forma de ser, porque tengo derecho a ser respetado por el solo hecho de ser persona, y con mi peculiaridad y particularidades; pero yo también te respeto a ti como eres, no te persigo, no te manipulo, no te seduzco, etc. El bienestar individual y colectivo provienen, precisamente, del respeto entre las personas. Claro está que a esa naturalidad se le pueden añadir más cualidades, como por ejemplo la de poder reconocer tranquilamente los propios defectos y el hecho de que nunca se acaba de aprender del todo.
Y ahora que me refiero al aprendizaje, he de añadir que una de las cosas que ha quedado más impresa dentro de mí es que aprender y saber son cualidades del corazón, no cualidades preferentemente intelectuales. Es decir, si avanzamos en nuestra maduración personal, es porque nuestro corazón está cada vez más despierto y es capaz de sentir más empatía hacia los demás, de amar más y mejor en definitiva.
Los complejos y los miedos que podamos sentir sólo los podemos resolver, precisamente, mejorando nuestra autoestima de la manera que acabo de describir. No soy de la opinión de que la autoestima –tal como ya la he descrito- nos pueda llevar al orgullo en el sentido que dice Alfonso. Pienso que no hay que tener miedo a seguir creciendo y madurando emocionalmente, porque la maduración, si es cierta, sólo nos puede llevar al Yo bien y Tú bien, es decir, al respeto, a la empatía y al amor.
Una sociedad llena de individuos que hubiesen madurado de esta forma, sería sin duda una sociedad adulta, crecida, empática, con valores, amante de la paz, capaz de priorizar lo positivo, y feliz en al fin y a la postre.
Me quedan por decir tres cosas más.
Por un lado que, a mi juicio, no hay personas orgullosas o humildes, sino situaciones personales en que cada individuo se puede encontrar en un momento determinado de su vida que le comporten tener conductas más o menos egocéntricas. Por eso lo más importante es cambiar nuestras actitudes. Pasar del miedo al fracaso o al daño que nos puedan hacer (el miedo es el principal enemigo en nuestro camino hacia el bienestar), a sentirnos seguros en nosotros mismos, llenos de nuestro propio poder sobre nosotros mismos, sin delegarlo en nadie, sin cederlo a otros, sin dependencias emocionales.
Por otro lado, reconozco que una de mis convicciones más profundas es que nuestra verdadera naturaleza, como seres humanos, es la bondad, lo que yo llamo la "bondad básica" y otros la "bondad fundamental" o nuestra "verdadera naturaleza". Hoy en día hay gente que declara haber conectado con su “verdadera esencia” después de haber pasado una crisis importante. Pues bien, para mí esa conexión comporta necesariamente ir hacia los demás, el Yo bien y Tú bien, la empatía. Si no, ¿cómo se explica que, a pesar de todo, las personas, en general, queramos ser felices y que todo el mundo sea feliz? Por eso no debemos temer ser naturales y auténticos. Al contrario, lo que debería preocuparnos es no practicar la autenticidad porque, en ese caso, vamos en contra de nosotros mismos, de lo que somos realmente: bondad.
Y, finalmente, y en cuanto al “ego”, he de manifestar que, para mí, es un término que viene a resumir todo el complejo mundo de las ideas, pensamientos, emociones, que se van superponiendo a lo largo de nuestra vida por encima de esa bondad básica que somos, la mayor parte de las veces de una manera involuntaria e/o inconsciente. Por tanto, es bueno y necesario conectar con la bondad tan a menudo como podamos (a través de la meditación, por ejemplo) pero opino que eso no es suficiente. Además de practicar técnicas como la meditación, es necesario muchas veces seguir un proceso terapéutico de tipo emocional, ya que las “incrustaciones” de esta naturaleza en nuestro corazón pueden ser muy duras y difíciles de disolver.
Gracias Alfonso. No sé si he opinado exactamente sobre lo que me pedías, pero espero que en parte, al menos, sí.
Mis reflexiones sobre estos asuntos forman parte de un proceso que es mi propio proceso de sanación emocional. Por consiguiente, tengo que reiterar que esas reflexiones no provienen de manuales de psicología o de otro orden, ni quiero que sean especulaciones más bien teóricas. Insisto –como otras veces- que yo hablo desde lo que he experimentado o experimento, es decir, desde mi corazón. Y hecha esta salvedad, voy a referirme a los temas propuestos por Alfonso en su comentario.
Comenzaré por transcribir los interrogantes que se me abrieron cuando lo leí:
¿Qué clase de sentimiento es el orgullo? ¿Y la humildad? ¿Qué es el ego? ¿Por qué nos podemos sentir inferiores a otros? ¿Por qué sentimos miedo a ser heridos? ¿Puede convertirse el sentimiento de autoestima en el de orgullo?
¿Hay personas orgullosas? ¿Lo son siempre y únicamente las que tienen miedo a ser heridas?
Yo parto –como ya sabemos- de que existen cuatro emociones básicas (alegría, miedo, tristeza y rabia) y de que todas las demás emociones que podamos etiquetar con denominaciones diferentes son, en realidad, subsumibles en alguna de estas cuatro. Naturalmente, de todas ellas, la única emoción claramente positiva es la alegría.
Otra de mis convicciones es que cada persona es única e irrepetible, por lo que cada uno tiene una forma y un ritmo propios de ir hacia el bienestar, o sea, un camino singular. Pero eso no quiere decir que los humanos seamos tan diferentes unos de otros como para no sentir las mismas cosas. Todos sentimos las cuatro emociones. Pero, no obstante, cada uno de nosotros va “etiquetando” con sus sentimientos lo que le va sucediendo, en función de sus características personales (constitución genética, experiencias, entorno familiar y social, aprendizajes, educación, etc.).
Pues bien, en mi caso, la etiqueta “orgullo” me la colgaron los adultos de mi entorno desde muy jovencito. Incluso hoy en día todavía hay quien me la cuelga (y el caso es que mi última terapeuta me aseguró que, a su entender, yo “no era orgulloso”). Desde entonces, he tenido que ir por mi vida con una especie de losa encima de mis espaldas, añadida a muchas otras, que me provocaba además un cierto sentimiento de culpa, sentimiento que, por cierto, ya no conservo.
A mi entender, los adultos que me etiquetaron así podrían haber hecho un mejor trabajo en mi caso si se hubieran dado cuenta de que yo tenía la autoestima por los suelos. Hicieron lo que pudieron. No sabían más. De acuerdo. Pero eso no quiere decir que en ese sentido, me ayudaran mucho, a madurar emocionalmente. Así es que, al menos en mi caso, el orgullo no se convirtió en autoestima, sino que, por decirlo así, un cierto sentimiento (al que luego le pondré nombre en vez del de orgullo) convivió dentro de mí con una situación de baja autoestima.
Por lo que a mí respecta, lo que hubo fue mucha rabia. Si el niño que yo fui se sintió dejado de lado y desprotegido, era lógico que desarrollara las tres emociones “negativas”: rabia, miedo y tristeza. Y así fue. No el orgullo. ¿Orgullo de qué? ¿Orgullo de sentirse sólo y poco querido un niño entre los 3 y los 6 ó 7 años?
Y eso fue lo que encontré dentro de mí cuando fui a terapia emocional. Un hombre que había crecido físicamente, intelectualmente, profesionalmente, socialmente, familiarmente, etc., pero con un niño interior herido: triste, que se sentía desprotegido y que tenía mucha rabia acumulada. Por otra parte, un niño que había recibido mensajes del tipo: “tienes que ser bueno y generoso”, “tienes que ser más humilde”, “no tienes que ser egoísta”, “no tienes que ser tan orgulloso”, etc.
La línea terapéutica que yo he seguido (y sigo por mí mismo) comienza, pues, por darle la vuelta a todo esto. Te ayuda a que conectes con lo que realmente sientes y con lo que realmente necesitas (no con las ideas o con los sentimientos o necesidades que te han sido inculcados). Y a continuación, te enseña métodos para expresar y sanear lo que sea necesario. Por otra parte, te invita a ser auténtico, es decir, a mostrarte tal como eres, sin temor, porque es la única manera de sentirse bien (nadie puede sentirse bien si no se siente y actúa como en realidad es). Obviamente, en este camino, se consigue recuperar parte de la autoestima perdida y, en definitiva, solventar los problemas y las dudas emocionales que se arrastran desde niño, hasta llegar a ser cada día una persona más adulta.
Por lo que se refiere a las relaciones con los demás, hay algo en lo que he insistido desde un principio en mis entradas en el blog: podemos y debemos (si queremos estar bien) actuar desde el Yo bien y Tú bien.
La cualidad de la humildad en la que Alfonso insiste sería, más bien, para mí, la de la naturalidad (de hecho, los “sabios” no aceptan que sean humildes, sino naturales, que son como son, como todo el mundo). Yo soy como soy y quiero que se me respete mi forma de ser, porque tengo derecho a ser respetado por el solo hecho de ser persona, y con mi peculiaridad y particularidades; pero yo también te respeto a ti como eres, no te persigo, no te manipulo, no te seduzco, etc. El bienestar individual y colectivo provienen, precisamente, del respeto entre las personas. Claro está que a esa naturalidad se le pueden añadir más cualidades, como por ejemplo la de poder reconocer tranquilamente los propios defectos y el hecho de que nunca se acaba de aprender del todo.
Y ahora que me refiero al aprendizaje, he de añadir que una de las cosas que ha quedado más impresa dentro de mí es que aprender y saber son cualidades del corazón, no cualidades preferentemente intelectuales. Es decir, si avanzamos en nuestra maduración personal, es porque nuestro corazón está cada vez más despierto y es capaz de sentir más empatía hacia los demás, de amar más y mejor en definitiva.
Los complejos y los miedos que podamos sentir sólo los podemos resolver, precisamente, mejorando nuestra autoestima de la manera que acabo de describir. No soy de la opinión de que la autoestima –tal como ya la he descrito- nos pueda llevar al orgullo en el sentido que dice Alfonso. Pienso que no hay que tener miedo a seguir creciendo y madurando emocionalmente, porque la maduración, si es cierta, sólo nos puede llevar al Yo bien y Tú bien, es decir, al respeto, a la empatía y al amor.
Una sociedad llena de individuos que hubiesen madurado de esta forma, sería sin duda una sociedad adulta, crecida, empática, con valores, amante de la paz, capaz de priorizar lo positivo, y feliz en al fin y a la postre.
Me quedan por decir tres cosas más.
Por un lado que, a mi juicio, no hay personas orgullosas o humildes, sino situaciones personales en que cada individuo se puede encontrar en un momento determinado de su vida que le comporten tener conductas más o menos egocéntricas. Por eso lo más importante es cambiar nuestras actitudes. Pasar del miedo al fracaso o al daño que nos puedan hacer (el miedo es el principal enemigo en nuestro camino hacia el bienestar), a sentirnos seguros en nosotros mismos, llenos de nuestro propio poder sobre nosotros mismos, sin delegarlo en nadie, sin cederlo a otros, sin dependencias emocionales.
Por otro lado, reconozco que una de mis convicciones más profundas es que nuestra verdadera naturaleza, como seres humanos, es la bondad, lo que yo llamo la "bondad básica" y otros la "bondad fundamental" o nuestra "verdadera naturaleza". Hoy en día hay gente que declara haber conectado con su “verdadera esencia” después de haber pasado una crisis importante. Pues bien, para mí esa conexión comporta necesariamente ir hacia los demás, el Yo bien y Tú bien, la empatía. Si no, ¿cómo se explica que, a pesar de todo, las personas, en general, queramos ser felices y que todo el mundo sea feliz? Por eso no debemos temer ser naturales y auténticos. Al contrario, lo que debería preocuparnos es no practicar la autenticidad porque, en ese caso, vamos en contra de nosotros mismos, de lo que somos realmente: bondad.
Y, finalmente, y en cuanto al “ego”, he de manifestar que, para mí, es un término que viene a resumir todo el complejo mundo de las ideas, pensamientos, emociones, que se van superponiendo a lo largo de nuestra vida por encima de esa bondad básica que somos, la mayor parte de las veces de una manera involuntaria e/o inconsciente. Por tanto, es bueno y necesario conectar con la bondad tan a menudo como podamos (a través de la meditación, por ejemplo) pero opino que eso no es suficiente. Además de practicar técnicas como la meditación, es necesario muchas veces seguir un proceso terapéutico de tipo emocional, ya que las “incrustaciones” de esta naturaleza en nuestro corazón pueden ser muy duras y difíciles de disolver.
Gracias Alfonso. No sé si he opinado exactamente sobre lo que me pedías, pero espero que en parte, al menos, sí.
viernes, 9 de abril de 2010
LOS MALENTENDIDOS
El 6 de abril de 2010, ANDREA escribió:
Hola Chesús!
Bueno, me he leído este primer mensaje tuyo (EMOCIONES Y SENTIMIENTOS), (me parece que tengo 3 más pendientes) y me gustaría preguntarte una cosa. ¿No tienes la sensación de que eres tú el que siempre das tu brazo a torcer? Me refiero a que como tenemos ese carácter mediador (¡debe de ser nuestra naturaleza!) siempre tendemos a dar el primer paso para que todo el mundo esté bien. Si decimos lo que sentimos luego nos sabe mal y acabamos disculpándonos o dando más explicaciones de las que generalmente da la gente, ¿no te parece?
El tú bien yo bien siempre acaba yendo en detrimento tuyo por el "bien" general de todos. Nos sentimos mejor así que manteniendo quizás la postura que nos es más favorable a nosotros mismos. No sé si me entiendes. Y claro, yo me pregunto: ¿nos tenemos que conformar con nuestra naturaleza? ¿No podemos adecuarla un poquitín a los tiempos que corren? Más que nada es para no tener la sensación de que "abusan" o se "aprovechan" de tu empuje.
"Ser conscientes de quien somos y conocer nuestra reacción para dominar nuestro comportamiento de manera adaptativa con evolución positiva". Y vuelvo a decir yo: si nos vamos adaptando tanto ¿no acabaremos perdiendo nuestra identidad?
No sé Chesús, ésto es muy complicao!
Seguiré leyéndome tus mensajitos......estamos en contacto!
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LOS MALENTENDIDOS
10-04-09
Hola Andrea:
Hemos hablado muchas veces de algo que se llama complacer. ¿Te acuerdas? Pero, ¿por qué complacemos? (sobre todo cuando lo hacemos compulsivamente). Pues lo hacemos porque tenemos algo mal entendido desde que éramos pequeños: que si no complacemos no nos van a querer o no nos van a querer tanto como lo que necesitamos. Así de fácil. Llámalo "no querer malos rollos", "que haya paz", "sin discusiones", etc., como quieras, pero es lo mismo: tenemos que ser buenos chicos si queremos que nos quieran.
El malentendido viene de cuando éramos pequeños. Así lo sentimos entonces, sin darnos cuenta de que nuestros padres nos querían tanto si éramos así como de otra manera. ¿No tienes hermanos que eran más pasotas que tú en ese sentido? (yo sí). ¿Y qué pasaba? Que mis padres los querían igual.
Pues bien, ese malentendido lo hemos ido aplicando a lo largo de nuestra vida y hoy aún seguimos en ello. Pero podemos cambiar nuestros hábitos, podemos cambiar nuestras actitudes, y ahí está el secreto para llegar al soñado BIENESTAR básico y habitual.
Hay que partir de la base de que somos personas y que, como tales, por ese sólo hecho, tenemos derecho a que se nos respete tal como somos. Por lo tanto, podemos y tenemos el derecho a decir lo que pensamos, siempre y cuando respetemos a los demás al hacerlo. La base de la autoestima está en tener claro ese derecho a ser como somos y el derecho a poder exigir que se nos respete. Si partimos de una buena autoestima, nos daremos cuenta de que "no tenemos que ser buenos" para que nos amen, sino que tenemos que ser como somos, o sea, auténticos. La gente acaba amando la autenticidad de los demás por encima de todo.
Por tanto, no tenemos que dar nuestro brazo a torcer - y menos, siempre - sino intentar ser lo más auténticos posibles, teniendo en cuenta el derecho de los demás a ser respetados, diciendo y haciendo lo que creemos que debemos decir y hacer.
Si no somos suficientemente auténticos, complaceremos y aguantaremos, y ya se sabe que aguantar genera mucha rabia. Por eso nos quejamos de que siempre nos toca a nosotros bailar con la más fea o el más feo, porque aguantamos, porque actuamos en contra de nuestras necesidades emocionales personales. Y, claro, después vienen las quejas y los cabreos.
Por otra parte, si nos amamos suficientemente a nosotros mismos (autoestima) no permitiremos que abusen de nosotros. No se trata tanto de pedir a los otros que no sean abusones, sino de decirles que no lo toleraremos. Depende más de nosotros mismos que de los demás conseguir que te respeten.
Aunque pueda sonarte a chino, te diré que nuestra verdadera naturaleza es bondad (en todos los casos) y no estos problemillas emocionales que vamos descubriendo dentro de nosotros, que no son sino lo que hemos ido adquiriendo inconscientemente durante la vida y que se ha superpuesto sobre esa bondad básica que somos. ¿No es verdad que queremos que todo vaya bien? ¿Que el mundo funcione justamente? ¿Que la gente sea feliz? ¿Y por qué crees que nos pasa eso a pesar de todos los pesares? Pues porque somos bondad básica en el fondo de nuestro corazón (que no quiere decir tener que complacer, eh?)
A mí más que "dominar nuestro comportamiento" me gusta decir: buscar el bienestar emocional propio y actuar desde el Yo bien y Tú bien, huyendo de las conductas puramente reactivas (me insultan, pues insulto) que llevan al malestar. Es muy profundo todo esto pero no creas que es tan difícil de aprender. Eso sí, hay que prestar atención a (ser conscientes de) lo que hacemos y a/de lo que decimos (sobre todo al principio).
Hola Chesús!
Bueno, me he leído este primer mensaje tuyo (EMOCIONES Y SENTIMIENTOS), (me parece que tengo 3 más pendientes) y me gustaría preguntarte una cosa. ¿No tienes la sensación de que eres tú el que siempre das tu brazo a torcer? Me refiero a que como tenemos ese carácter mediador (¡debe de ser nuestra naturaleza!) siempre tendemos a dar el primer paso para que todo el mundo esté bien. Si decimos lo que sentimos luego nos sabe mal y acabamos disculpándonos o dando más explicaciones de las que generalmente da la gente, ¿no te parece?
El tú bien yo bien siempre acaba yendo en detrimento tuyo por el "bien" general de todos. Nos sentimos mejor así que manteniendo quizás la postura que nos es más favorable a nosotros mismos. No sé si me entiendes. Y claro, yo me pregunto: ¿nos tenemos que conformar con nuestra naturaleza? ¿No podemos adecuarla un poquitín a los tiempos que corren? Más que nada es para no tener la sensación de que "abusan" o se "aprovechan" de tu empuje.
"Ser conscientes de quien somos y conocer nuestra reacción para dominar nuestro comportamiento de manera adaptativa con evolución positiva". Y vuelvo a decir yo: si nos vamos adaptando tanto ¿no acabaremos perdiendo nuestra identidad?
No sé Chesús, ésto es muy complicao!
Seguiré leyéndome tus mensajitos......estamos en contacto!
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LOS MALENTENDIDOS
10-04-09
Hola Andrea:
Hemos hablado muchas veces de algo que se llama complacer. ¿Te acuerdas? Pero, ¿por qué complacemos? (sobre todo cuando lo hacemos compulsivamente). Pues lo hacemos porque tenemos algo mal entendido desde que éramos pequeños: que si no complacemos no nos van a querer o no nos van a querer tanto como lo que necesitamos. Así de fácil. Llámalo "no querer malos rollos", "que haya paz", "sin discusiones", etc., como quieras, pero es lo mismo: tenemos que ser buenos chicos si queremos que nos quieran.
El malentendido viene de cuando éramos pequeños. Así lo sentimos entonces, sin darnos cuenta de que nuestros padres nos querían tanto si éramos así como de otra manera. ¿No tienes hermanos que eran más pasotas que tú en ese sentido? (yo sí). ¿Y qué pasaba? Que mis padres los querían igual.
Pues bien, ese malentendido lo hemos ido aplicando a lo largo de nuestra vida y hoy aún seguimos en ello. Pero podemos cambiar nuestros hábitos, podemos cambiar nuestras actitudes, y ahí está el secreto para llegar al soñado BIENESTAR básico y habitual.
Hay que partir de la base de que somos personas y que, como tales, por ese sólo hecho, tenemos derecho a que se nos respete tal como somos. Por lo tanto, podemos y tenemos el derecho a decir lo que pensamos, siempre y cuando respetemos a los demás al hacerlo. La base de la autoestima está en tener claro ese derecho a ser como somos y el derecho a poder exigir que se nos respete. Si partimos de una buena autoestima, nos daremos cuenta de que "no tenemos que ser buenos" para que nos amen, sino que tenemos que ser como somos, o sea, auténticos. La gente acaba amando la autenticidad de los demás por encima de todo.
Por tanto, no tenemos que dar nuestro brazo a torcer - y menos, siempre - sino intentar ser lo más auténticos posibles, teniendo en cuenta el derecho de los demás a ser respetados, diciendo y haciendo lo que creemos que debemos decir y hacer.
Si no somos suficientemente auténticos, complaceremos y aguantaremos, y ya se sabe que aguantar genera mucha rabia. Por eso nos quejamos de que siempre nos toca a nosotros bailar con la más fea o el más feo, porque aguantamos, porque actuamos en contra de nuestras necesidades emocionales personales. Y, claro, después vienen las quejas y los cabreos.
Por otra parte, si nos amamos suficientemente a nosotros mismos (autoestima) no permitiremos que abusen de nosotros. No se trata tanto de pedir a los otros que no sean abusones, sino de decirles que no lo toleraremos. Depende más de nosotros mismos que de los demás conseguir que te respeten.
Aunque pueda sonarte a chino, te diré que nuestra verdadera naturaleza es bondad (en todos los casos) y no estos problemillas emocionales que vamos descubriendo dentro de nosotros, que no son sino lo que hemos ido adquiriendo inconscientemente durante la vida y que se ha superpuesto sobre esa bondad básica que somos. ¿No es verdad que queremos que todo vaya bien? ¿Que el mundo funcione justamente? ¿Que la gente sea feliz? ¿Y por qué crees que nos pasa eso a pesar de todos los pesares? Pues porque somos bondad básica en el fondo de nuestro corazón (que no quiere decir tener que complacer, eh?)
A mí más que "dominar nuestro comportamiento" me gusta decir: buscar el bienestar emocional propio y actuar desde el Yo bien y Tú bien, huyendo de las conductas puramente reactivas (me insultan, pues insulto) que llevan al malestar. Es muy profundo todo esto pero no creas que es tan difícil de aprender. Eso sí, hay que prestar atención a (ser conscientes de) lo que hacemos y a/de lo que decimos (sobre todo al principio).
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